Un año para el olvido que no deberíamos olvidar

“Qué habré hecho yo para merecer esto” es el título de una famosa película de Almodóvar que viene como anillo al dedo, cada vez que los productores agropecuarios repasamos los males que merecida o inmerecidamente nos deparó la década ganada. ¡Algo hicimos!

Muy pocas veces la historia argentina puede reflejar una serie de acontecimientos negativos tan persistentes y determinantes para un sector de la economía nacional. Tan desafortunada y grave que podremos contarla a nuestros nietos en el futuro, quienes azorados por el relato terminarán pensando que sus abuelos se inventaron una crisis de un tamaño tan descomunal como increíble. Resulta indispensable registrarla en tiempo presente o nadie nos creerá después.

Todo comenzó como una oportunidad de éxito que se transformó en un rotundo fracaso. Los precios de la carne vacuna y de la leche en polvo tuvieron una inusual suba en los mercados internacionales hacia fines del año 2005 y principios de 2006. Lo que pudo ser el comienzo de una nueva era de crecimiento económico y desarrollo del sector agropecuario nacional, con un fuerte impacto en las economías regionales, terminó drásticamente con la brillante determinación del difunto Nestor Kirchner de prohibir las exportaciones de carne y subir las retenciones a todos los productos agropecuarios que se exportaban en esa época, “para cuidar la mesa de los argentinos”. De ahí en adelante todo lo vivido se parece a una historia tragicómica.

La lucha por la derogación de la Resolución 125, ocurrida un par de años después terminó de coronar la derrota más rotunda -aunque pareció exitosa en ese momento- que haya sufrido un sector económico en nuestro país y sus consecuencias negativas serán arrastradas muchos años por quienes consigan sobrevivirlas.

Resulta imposible enumerar la totalidad de las políticas públicas aplicadas al sector que día a día han reducido su rentabilidad y arrastrado a la crisis a todo el interior productivo del país. Normas y resoluciones que publicadas por doquier han transformado la tarea de producir alimentos en un entramado burocrático que ha sacado del sistema a una enorme cantidad de pequeños y medianos productores que no consiguieron adecuarse a los cambios y abandonaron sus explotaciones, generando un resultado exactamente inverso al declamado como objetivo gubernamental.

Retenciones altas, impuestos más altos, imposibilidad de ajustar por inflación, inflación altísima, financiación cara o inaccesible, trabas y regulaciones para exportar, cuasi cierre de las importaciones con los problemas que ello trae aparejado, eternas demoras para recuperar las injustas e ilegales retenciones del IVA, trabas burocráticas al por mayor, tasas provinciales a los combustibles y regímenes de ingresos brutos provinciales perversos entre otros tantos, han conjurado una época nefasta para el campo argentino.

Como resultado se ha producido una enorme recesión en el sector, las economías regionales sin rentabilidad han dejado a mucha gente sin trabajo, las industrias pequeñas y medianas ligadas a la producción primaria se encuentran en serios problemas -muchas completamente paradas-. La caída de la producción de granos a impactado negativamente sobre la actividad del transporte y toda su cadena de abastecimiento. Frigoríficos cerrados en todas las provincias ganaderas con graves consecuencias sobre el empleo directo e indirecto. ¡Y siguen los éxitos del modelo!

Pero algo hicimos. Gran parte de la responsabilidad es por lo que no hicimos, por lo que callamos, por lo que aceptamos porque “todavía se gana” o por miedo a la AFIP. Lentamente nos fueron calentando el agua como en la fábula de los sapos en la olla, hoy el agua hierve y nadie puede salir sin quemarse.

La falta de participación, la falta de compromiso y la dificultad para entender que se deben dejar de lado los intereses particulares cuando hay que defender los comunes, son algunas de las tareas pendientes que responden a la frase con la que comenzamos esta reflexión. Hay más, pero a esta altura ya no vale la pena hacer una lista completa, el lector sabe bien a donde nos aprieta el zapato…

La editorial de diciembre intenta cada año llevar un mensaje de optimismo, una reflexión que nos permita encarar el nuevo año con el convencimiento de que un país mejor es posible. La mejor que se nos ocurre es pensar que 2014 es un año para el olvido que no deberíamos olvidar.

¡Felices fiestas!

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