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Los productores solo reciben 9% de lo que cuestan los alimentos

El año pasado percibían 15%, según un trabajo de CRA. Es menos de lo que va al Estado en concepto de IVA.

En la mayoría de los productos que conforman la canasta básica de alimentos, el precio que percibe el productor incide, en promedio, un 9% sobre el valor final que termina pagando el consumidor en las góndolas, según un informe reciente de Confederación Rurales Argentinas (CRA).

Este porcentaje fue cayendo en los últimos años (en 2012, por caso, era del 16% y en 2014, del 15%) en parte por la inflación, que pone presión a los precios al consumidor y también por las dificultades que afrontan las economías regionales. Según el estudio de CRA, las brechas de precios entre las dos puntas de la cadena superan el 2.000%. Por ejemplo, un kilo de naranjas, por las que el productor percibe entre 30 y 50 centavos, se vende en los comercios a 9 o 10 pesos. En tanto, las manzanas, que el productor en el Alto Valle de Río Negro vende a $1,50, son remarcadas en torno a $30.

En productos procesados, donde la materia prima precisa de instancias de elaboración más complejas, las brechas son aún más amplias. Por ejemplo, por el trigo necesario para hacer pan, el productor recibe $1, mientras el producto final en las panaderías tiene un costo promedio de $22. Es decir un 2.100% más.

La semana pasada, durante el último paro agropecuario, un productor citrícola de Entre Ríos se quejó: “Tengo que vender entre 30 y 40 kilos de fruta para comprar un litro de gasoil”, dijo a otros productores que participaban de una asamblea, en Gualeguaychú.

“Difícilmente puede considerarse que el productor es formador de precios como tampoco el que marca el proceso inflacionario actual”, señala el economista de CRA, Juan Rey Kelly. Y explica que “la Argentina está muy por debajo en la participación del productor en el precio final de los alimentos respecto a competidores como Estados Unidos, que superan el 20%”.

“Esto tiene que ver con las distorsiones que genera el Estado”, opina. Y señala como el caso más emblemático el del trigo, donde tallan los impuestos a la exportación, la inflación de los costos y la imposibilidad de contar con una política de inserción internacional moderna que incluya estrategia e instrumentos idóneos, como un tipo de cambio real competitivo”.

“A modo de ejemplo distorsivo, dice, cuando un consumidor compra un alimento tiene que saber que le está pagando más al Estado (solo en IVA) que al que produce el alimento, como es el caso de las verduras o el trigo”, señala.

Desde otro punto de vista, Iván Ordóñez, economista especializado en agronegocios de I+E Consultores, agrega que “quien compra comida también está comprando servicios”, aludiendo a los gastos de logística, aprovisionamiento o alquiler de locales, entre otros.

“Además, un punto que influye mucho en la brecha que existe entre los precios al productor y aquellos al consumidor es el foco exportador: no tanto por el tipo de cambio, sino por las trabas que impone el Gobierno al comercio exterior y también por las trabas sanitarias que imponen otros países hacia nuestros productos”, dice.

En definitiva, señala el analista, “los puntos de un sistema que más alejados están del consumidor final, son los que están peor remunerados”, resume.

En esa categoría, sin dudas, están los tamberos, quienes perciben $3,20 el litro de leche que luego se vende a $13 en los comercios. Una situación que, según Guillermo Giannassi, productor lechero y director de Federación Agraria se debe “a la posición abusiva dominante de las grandes cadenas de supermercados”. El conflicto por el precio generó en estos días el derrame de leche y un paro.

 

Autor: Natalia Muscatelli

Fuente: Clarín

 

Claves para sembrar en campo alquilado

¿Trabajar en campo de terceros es un salto al vacío? Para buena parte de los productores la pregunta no tiene nada de exagerado y es su principal causa de insomnio. No hay dudas de que en las condiciones que impone el actual modelo económico, el riesgo a asumir no puede ser más alto. El interrogante sobre si sembrar es equivalente a tirarse al vacío se presenta después de haber concluido una de las campañas más decepcionantes de la historia: haber logrado rindes de excepción para perder plata o salir hechos. “En abril estábamos muy optimistas ya que habíamos logrado rendimientos de soja jamás esperados. Pero cuando terminamos de hacer las cuentas nos dimos cuenta que los 4000 kilos promedio eran equivalentes en ingresos a los 2700 kilos de la campaña anterior, donde perdimos el 17% del capital de trabajo. Y como los costos de flete y cosecha son superiores el quebranto que se viene para esta campaña será aún mayor. Estamos comenzando a cosechar el maíz tardío y de los 900 pesos la tonelada que hoy vale, el 68% se lo lleva el flete y la cosecha.”, razona Edgar Ramírez que trabaja desde hace años en campos del sur cordobés. Conclusión: ya no hay resto y la próxima campaña se juega en el mismo límite de la supervivencia empresaria.

Con el capital de trabajo seriamente afectado y con un horizonte en el que sobra la incertidumbre buena parte de los productores que siembran en campos de terceros están evaluando la continuidad de su negocio. Sin embargo, hay factores sobre los que todavía hay márgenes de maniobra como para acotar sustancialmente el riesgo de la actividad y seguir apostando. Los grupos CREA están trabajando sobre este tema y han identificado cinco aspectos claves: 1. Flexibilidad y creatividad en la negociación de los alquileres; 2. Prudencia en la financiación; 3. Aplicar un paquete tecnológico defensivo; 4. Tener muy presente el impacto fiscal; 5. Aumentar la seguridad del negocio tomando seguros de precios y climáticos.

En definitiva, todo apunta a tomar el riesgo de sembrar después de haberse blindado con una estrategia defensiva y muy conservadora.

 

1. Tecnología en su justa medida

La aplicación de la tecnología jugará un papel decisivo siempre teniendo en claro que la gran perdedora de la próxima campaña será la rotación. En algunos campos lo único rentable será la soja. “Es la primera vez que soy infiel a mi profesión. Siempre defendí la rotación, el buen cuidado del suelo y la fertilización. Pero la economía me ganó. Por primera vez voy a sembrar 89% de soja y 11% de maíz”, confiesa Agustín Braun que desde hace diez años alquila un campo en Teodolina, en el sur santafecino.

La utilización de insumos deberá ser conservadora en el sentido de aplicarlos en los umbrales en los que se tiene certeza de seguridad de respuesta. Julio Lieutier, asesor del CREA Seguí-La Oriental, del norte de Buenos Aires, indica que “quien decida hacer maíz debería aplicar la dosis de fósforo estrictamente necesaria para que ese nutriente no sea limitante de los rendimientos”. No recomienda aplicar para “subir” el contenido de nutriente en el suelo en esta campaña. Para el norte de Buenos Aires, ese umbral es 20 partes por millón.

Con respecto a nitrógeno, para muchos campos de esa zona, las curvas de respuesta indican que una dosis segura para la actual relación insumo-producto, sería 120 kilos por hectárea entre lo provisto por el suelo más el agregado por fertilización. Dosis mayores corren el riesgo de no ser rentables si el clima no acompañara, según el técnico. En materia de híbridos, será necesario elegir uno que combine alto potencial con estabilidad porque no pueden correrse riesgos de humedad a la siembra.

Sacar el pie del acelerador de la tecnología deberá realizarse con un criterio netamente profesional. De otro forma se pueden pagar costos demasiado altos. Atrasos y menos control de malezas e insectos puede generar daños que terminen por consumir la rentabilidad de los cultivos.

 

2. Financiar y repartir el riesgo

La mayoría de las empresas terminan esta campaña con la lengua afuera. Sin resto y algunas cargando un endeudamiento significativo. Para seguir en el negocio lo aconsejable es recalcular la dimensión del negocio y de las hectáreas trabajadas. Se impone saber si “nos da el cuero” y conocer con exactitud cuánto es el capital disponible para la operación. Recostarse excesivamente sobre los bancos y las tarjetas de crédito agropecuarias puede llegar a convertirse en un dolor de cabeza.

A pesar de esto la expectativa por una devaluación juega fuerte en la decisión de tomar financiamiento. Los que apuestan por una corrección del atraso cambiario durante el transcurso de la campaña enfrentarán el pago de cuentas con cheques diferidos y pagos a cosecha. Como la incertidumbre es mayúscula, teñida por el proceso electoral, están también los productores que observan a esta operación como excesivamente riesgosa. Una tasa del 30% anual en pesos puede convertirse en una tasa real muy alta si el tipo de cambio se ajusta menos. “Endeudarse para desarrollar un cultivo de grano grueso que promete renta nula o negativa es sinónimo de entrar en una espiral descendente difícil de frenar”, razona Santiago del Solar, miembro del CREA 30 de agosto-Mari Lauquen.

En este sentido y con la idea de repartir riesgos y encontrar nuevas fuentes de negociación algunas empresas han logrado acuerdos con agronomías locales para asociarlas en las siembras.

Y las que también se han adaptado a esta campaña tan crítica son algunos semilleros y empresas de insumos que están ofreciendo herramientas financieras atractivas para que el productor invierta en tecnología de punta.

 

3. Alquilar de acuerdo al contexto

El primer consejo si se está pensando en alquilar un campo para trabajar es: compre mucha yerba mate y ármese de bastante paciencia. “Para que las partes asuman la nueva situación de precios y márgenes se necesita de muchas horas de mate para madurar el problema”, opina Santiago del Solar. Los dueños de los campos vienen de diez años de un modelo de contratos que tendrán necesariamente que flexibilizar. No será fácil porque ellos tampoco están en una situación cómoda por las subas del impuesto inmobiliario, la tasa vial y Bienes Personales además del costo de vida.

A lo que se apunta es flexibilizar las posiciones y encontrar un esquema win win donde todos ganan. Al respecto, para esta campaña se está negociando bajo una multiplicidad de alternativas que combinan los pagos en quintales fijos y variables según el rinde. “Los alquileres que se negocian en quintales fijos quedaron para los mejores campos del país donde los rendimientos son de 4000 kilos de soja y 12000 kilos de maíz. En el resto, hay que pensar en volver a los contratos a porcentaje y además, utilizar una tablita para definir cuál será ese porcentaje. El campo que valía 15 quintales, hoy no debería pagarse más de 10 quintales, y aquellos que valían 10 o 12 quintales, podrán pagarse 6 o 7 quintales”, agrega Willy Villagra director de Open Agro que siembra en campos de terceros.

En lotes más marginales de Entre Ríos se llegó a pactar acuerdos con un piso de cinco quintales por hectárea de soja a cuenta del 20% del rinde. En otros casos se establecen al comienzo los aportes de cada parte y luego se reparten los beneficios de manera proporcional. “En años críticos como estos, la flexibilidad y la confianza deben ser la base de la relación entre propietarios y arrendatarios”, afirma Gerardo Chiara, asesor de los CREA Alberdi y Bragado.

 

4. Seguros para clima y precios

Como parte de una estrategia defensiva para sembrar en campos de terceros se deberá analizar detenidamente la conveniencia de tomar seguros climáticos y de precios. Es una forma efectiva de disminuir los riesgos.

Aunque se deberá sacar bien las cuentas sobre las primas a pagar de los seguros climáticos, contra granizo o los seguros multirriesgo, lo cierto es que hay campos y zonas donde estos se justifican plenamente. Máxime en un año con probabilidad de ocurrencia del fenómeno El Niño.

Con respecto a la estrategia de comercialización, Julio Lieutier recuerda que es necesario tener hechos los cálculos de “precio de dolor”, es decir, el precio al cual cada cultivo permite nivelar costos con ingresos, si se obtienen los rindes de tendencia. Con ese dato, habría que estar atentos para capturar las oportunidades que ofrezca eventualmente el mercado en las próximas semanas. La idea es no quedar expuestos a los vaivenes de las cotizaciones de los granos. Es muy peligroso quedar expuestos a un final abierto sin haber tomado coberturas de precios.

Para disminuir los riesgos de tomar préstamos en pesos y acotar la tasa de interés algunos productores están cubriéndose con operaciones del Rofex, asegurándose una devaluación del 26,76% a julio de 2016.

Y por último, siempre está vigente la alternativa de diversificar los cultivos, aunque exista un fuerte consenso que la soja volverá a ser el cultivo con mayores posibilidades de renta positiva. Tanto el trigo como el maíz son los cultivos que tienen más para ganar de modificarse el actual esquema de retenciones y permisos de exportación. Quienes busquen la diversificación sembrando cultivo de nicho como pueden ser la arveja o la chía deberán analizar bien los contratos comerciales y el estado de oferta y demanda de estos mercados.

 

5. La lupa en los costos fiscales

Cuando la suerte de la campaña se define con márgenes muy estrechos vale tomar en consideración aspectos que antes se pasaban por alto. Por ejemplo, los saldos de IVA a favor pueden quedar como saldos irrecuperables en el tiempo. Esto ocurre cuando la cosecha no acompaña y se producen pérdidas. En estos casos el IVA no se puede recuperar al liquidar el impuesto a las ganancias. De más está decir que en una situación de pérdida tampoco se podrá recuperar el 2,5% de la retención de ganancias que se realiza en la venta del grano. En definitiva, al no haber ganancias estos saldos quedarían como un costo, pero un costo que no se tuvo en cuenta al plantear los números del cultivo.

Por su alto costo de implantación, protección y transporte el cultivo del maíz es el que más riesgo tiene de dejar saldos a favor irrecuperables. La soja al ser un cultivo más barato y rentable tiene menos posibilidades que el Fisco termine inmovilizando el capital de los productores.

Un tema a estudiar detenidamente y que en principio evitaría alguno de estos costos fiscales es el canje de insumos por granos. Es una alternativa que pueden utilizar sólo los productores que tengan grano disponible. El crédito de IVA a facturar por el proveedor de insumos se produce recién en el momento que recibe la entrega del grano. Por lo tanto se produce una compensación automática de los IVA de compra y venta.

Y en otro orden pero con el mismo concepto de cuidar hasta el último centavo habrá que prestar atención al manejo de la chequera en lo que hace al impuesto al cheque. Todo lo que se puede ahorrar en esta campaña de márgenes muy exiguos termina sumando en forma decisiva.

 

Autor: Félix Sammartino

Fuente: La Nación

¿Cuánto empleo generan las cadenas agroalimentarias?

El agro argentino genera 2,7 millones de puestos de trabajo y con las políticas correctas puede generar 500.000 empleos más entre 2015 y 2019.

El sector agropecuario se ha transformado en una larga cadena agroindustrial prestadora de servicios muy diversos, donde la materia prima producida a partir de los recursos naturales sufre un proceso de transformación tecnológico e industrial con gran incorporación de innovaciones y con servicios conexos, desde los más visibles como logística, transporte y comercialización, hasta todo tipo de servicios, tangibles e intangibles, asociados a esta actividad.

Según las estimaciones de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), los resultados consolidados para 2013 indican que ese año las cadenas agroalimentarias crearon 2.745.801 millones de puestos de trabajo en Argentina, el 17,1% del empleo total del país. Es decir, 1 de cada 6 argentinos que trabajan lo hacen en algún punto de las cadenas agroalimentarias, o más de 1 de cada 5 si sólo se considera el empleo privado. De estos puestos, el 30,8% lo genera la cadena de granos, el  31,7% la cárnica y láctea, el 33,8% las producciones regionales y el 1,7% la maquinaria agrícola.

La estimación incluye empleo tanto directo como indirecto, entendiéndose por empleo indirecto la creación de puestos de trabajo en sectores proveedores y en sectores clientes del sector agropecuario, es decir, mirando la cadena de valor hacia atrás y hacia delante, respectivamente.

En este trabajo de FADA, se consideran las cadenas agroalimentarias, no todas las cadenas agroindustriales, que sumarían al análisis actividades como la producción de cueros y marroquinería, la industria papelera, o parte de la textil, entre otras. Las diez cadenas agroalimentarias que sí se consideran son: maíz, trigo, soja, girasol, otras oleaginosas y cereales, cárnicas (bovina, porcina y aviar), láctea, vitivinícola, frutas, verduras y otras economías regionales (incluye yerba mate, te, apícola, aceite de oliva, cacao y chocolate, caña de azúcar), y maquinaria agrícola. También se considera la creación de empleo por parte de la industrial del bioetanol de maíz, dado que esta actividad se nutre de la siembra de maíz, que de otro modo no hubiera existido, y lo mismo se realiza con el biodiesel, en la cadena de la soja.

Todas estas cadenas exhiben una pérdida de 300.000 puestos de trabajo a lo largo de todo el país entre 2010 y 2013, comparando estos resultados con los de una estimación previa de FADA del año 2011. Esto sin tener en cuenta nuevos empleos que se pueden haber perdido en 2014 como consecuencia de la recesión y la caída de precios de los bienes agrícolas.

Esta pérdida contrasta con el potencial que tienen las cadenas agroalimentarias para generar empleo genuino en el corto plazo. Entre 2016 y 2019, el agro argentino podría crear 497.816 nuevos puestos de trabajo. De estos, los granos aportarían 165.000 puestos, con fuerte incidencia del trigo y el maíz, las carnes y lácteos 152.000 puestos, las producciones regionales 170.000 puestos, y la maquinaria agrícola 9.400 nuevos puestos.

Para que esto suceda son necesarias políticas que promuevan la inversión, la producción y la creación de empleo. Entre ellas, políticas macro como seguridad jurídica, estabilidad de precios, menor cantidad de impuestos distorsivos, una mejor distribución federal de recursos fiscales, infraestructura de transporte vial, ferroviario, fluvial y portuario y una mayor inserción internacional con orientación Asia-Pacífico, entre las principales; y políticas agroindustriales como la eliminación inmediata de derechos de exportación (excepto complejo soja que sería gradual), eliminación de las intervenciones y trabas a la comercialización (mercados de trigo, maíz, carnes y lácteos), promoción de inversiones, reintegros automáticos de retenciones de IVA y aumento del corte con biocombustibles en naftas y gasoil, entre otras.

Además de la creación de empleo que se plantea, la eliminación de las trabas a la exportación y los derechos de exportación permitirán volver a un esquema de siembra anual sustentable con alta rotación de cultivos a favor del trigo y del maíz.

Si se supone un crecimiento anual máximo del PIB del 6% para el periodo 2016-2019, dada las políticas macroeconómicas que se deberán implementar para corregir los profundos desequilibrios acumulados después de años de intervenciones distorsivas, la economía podría crear 1 millón de puestos de trabajo, de los cuales las cadenas agroalimentarias aportarían casi 500.000 puestos de trabajo. Este guarismo equivale a un promedio de 125.000 puestos anuales en todo el país, principalmente en el interior, llegando el total de puestos de trabajo agroalimentarios a 3,2 millones, y el total de empleo nacional a 17 millones de trabajadores.

Así, se generará empleo genuino y digno, a nivel local, y de esta manera, una fuente de ingresos personal importante para la equidad y el desarrollo humano. Por otra parte, la creación de empleo genuino es la mejor manera, junto con la eliminación de la inflación, de generar equidad sustentable y desarrollo personal digno en la sociedad argentina. Por eso FADA considera que es imprescindible un conjunto de medidas de este tipo para crear empleo genuino agroalimentario fuertemente desde 2016.

 

Fuente: FADA