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De vuelta al pago

Después de seis meses sin sentir el olor a tinta fresca, Marca Líquida Agropecuaria regresa a las manos de nuestros lectores. El fin del ciclo K nos pegó una buena revolcada, pero ya estamos nuevamente de pie y caminando junto a Ud. amigo lector como hace 25 años.

No nos alcanzan los dedos de las manos para recordar la cantidad de crisis que hemos atravesado a lo largo de un cuarto de siglo. Ya no podemos recordar contra cuantos gobiernos despotricamos y con cuantos funcionarios públicos nos peleamos. Aun así tenemos claro que durante estos 25 años fuimos testigos y protagonistas de la transformación del campo argentino. Una transformación que nos llena de esperanzas, una transformación que nos invita a no bajar los brazos y por eso hoy estamos nuevamente en sus manos.

Tal como se presentan las cosas en el país, da la sensación de que todos estamos volviendo al pago. Todos y cada uno de los productores agropecuarios argentinos parece estar despertando de un muy mal sueño que dejó a más de uno de a pie.

Nada de lo que está cambiando actualmente a nivel de políticas agropecuarias parece ser una solución inmediata y definitiva a los graves problemas que nos dejó la “década ganada”, pero pinta bien: “tres cartas con seña” que bien jugadas pueden ser un buen comienzo.

Maíz y trigo sin retenciones y sin ROEs es algo que nadie podía imaginar hace apenas seis meses atrás. Recomposición del precio de la carne y la posibilidad de exportar sin trabas ni retenciones. Un plan de reducción de la presión impositiva, que si bien tiene plazos más largos que lo esperado, ya permite planificar un futuro con mejores resultados económicos. Tres buenas cartas para la primera mano.

Nada de lo dicho significa que nuestro sector pueda ponerse a festejar inmediatamente. Los problemas por resolver son de muy vieja data y complejos, basta con asomarse a la situación de los tamberos como para entender el largo camino que queda por recorrer.

Durante muchos años bregamos desde estas páginas por cambios en las políticas agropecuarias en nuestro país, durante años manifestamos abiertamente nuestra discrepancia con las retenciones, con las restricciones a las exportaciones, con la altísima presión tributaria y la complejidad de los sistemas de control que imponía el estado a través de la AFIP. Reclamamos por la indebida e ilegal retención del IVA a los agricultores, por las infinitas regulaciones que frenaban el desarrollo del sector y por el atraso cambiario, entre tantos otros.

Ahora parece que del otro lado del mostrador hay gente dispuesta a escuchar, que se preocupa, que intenta generar condiciones para que el sector se recupere y vuelva a crecer. El problema son los tiempos…

Todos quisiéramos que los cambios necesarios se produzcan rápidamente, si es posible ¡ya!

Cabe también decir que así como hemos reclamado, infinidad de veces hicimos una feroz auto crítica a nuestra falta de organización sectorial, al pobre desarrollo de nuestras instituciones que durante mucho tiempo se ocuparon más en pelearse entre si, que en buscar soluciones de compromiso, esas que obtienen pequeños beneficios para todos, pero consistentes y a largo plazo. Seguramente si nuestros representantes gremiales estuvieran mejor preparados la velocidad de los cambios sería mayor.

Se vienen tiempos en los que será necesario soportar la espera e intentar una vez más sostener con producción la falta de rentabilidad, posponer inversiones a costa de pérdida de eficiencia y aprovechar las primeras oportunidades que los cambios ya implementados permiten. La paciencia se pondrá una vez más a prueba, con la diferencia que esta vez los cambios ya se están produciendo.

Finalmente volvemos a hablar de nosotros. La revista Marca Líquida Agropecuaria ha comenzado hace ya varios años un proceso de adecuación a los nuevos tiempos. Lentamente fuimos incorporando lectores que se encontraron cómodos con la versión digital y seguimos trabajando en ese sentido. Actualmente la cantidad de lectores registrados en nuestra página de Internet ya superó a los que nos leen en papel.

Esta experiencia nos motivó a explorar nuevas alternativas e intentar nuevos caminos de comunicación. A tal fin nos incorporamos como aliados estratégicos al portal www.Mercosur.com aportando nuestro conocimiento y experiencia en la materia, junto a los colegas de la Revista Agroguía y un grupo de profesionales envidiable que crearon la primera plataforma Web de la Argentina que opera como mercado electrónico y medio de información, para la promoción y comercialización de productos de la industria agroalimentaria de Argentina. Su objetivo es brindar al productor agropecuario un servicio online que genere mejores oportunidades de negocio y agregue valor a toda la cadena comercial. Para lograrlo el sitio contiene más de 7000 precios de referencia de productos, insumos y servicios de la cadena agro industrial. Contiene además información relevante para todos los actores del sector.

Invitamos a nuestros lectores a visitar www.Mercosur.com y convertirse, igual que nosotros, en un aliado estratégico de esta novedosa herramienta para la producción agropecuaria.

 

Un año para el olvido que no deberíamos olvidar

“Qué habré hecho yo para merecer esto” es el título de una famosa película de Almodóvar que viene como anillo al dedo, cada vez que los productores agropecuarios repasamos los males que merecida o inmerecidamente nos deparó la década ganada. ¡Algo hicimos!

Muy pocas veces la historia argentina puede reflejar una serie de acontecimientos negativos tan persistentes y determinantes para un sector de la economía nacional. Tan desafortunada y grave que podremos contarla a nuestros nietos en el futuro, quienes azorados por el relato terminarán pensando que sus abuelos se inventaron una crisis de un tamaño tan descomunal como increíble. Resulta indispensable registrarla en tiempo presente o nadie nos creerá después.

Todo comenzó como una oportunidad de éxito que se transformó en un rotundo fracaso. Los precios de la carne vacuna y de la leche en polvo tuvieron una inusual suba en los mercados internacionales hacia fines del año 2005 y principios de 2006. Lo que pudo ser el comienzo de una nueva era de crecimiento económico y desarrollo del sector agropecuario nacional, con un fuerte impacto en las economías regionales, terminó drásticamente con la brillante determinación del difunto Nestor Kirchner de prohibir las exportaciones de carne y subir las retenciones a todos los productos agropecuarios que se exportaban en esa época, “para cuidar la mesa de los argentinos”. De ahí en adelante todo lo vivido se parece a una historia tragicómica.

La lucha por la derogación de la Resolución 125, ocurrida un par de años después terminó de coronar la derrota más rotunda -aunque pareció exitosa en ese momento- que haya sufrido un sector económico en nuestro país y sus consecuencias negativas serán arrastradas muchos años por quienes consigan sobrevivirlas.

Resulta imposible enumerar la totalidad de las políticas públicas aplicadas al sector que día a día han reducido su rentabilidad y arrastrado a la crisis a todo el interior productivo del país. Normas y resoluciones que publicadas por doquier han transformado la tarea de producir alimentos en un entramado burocrático que ha sacado del sistema a una enorme cantidad de pequeños y medianos productores que no consiguieron adecuarse a los cambios y abandonaron sus explotaciones, generando un resultado exactamente inverso al declamado como objetivo gubernamental.

Retenciones altas, impuestos más altos, imposibilidad de ajustar por inflación, inflación altísima, financiación cara o inaccesible, trabas y regulaciones para exportar, cuasi cierre de las importaciones con los problemas que ello trae aparejado, eternas demoras para recuperar las injustas e ilegales retenciones del IVA, trabas burocráticas al por mayor, tasas provinciales a los combustibles y regímenes de ingresos brutos provinciales perversos entre otros tantos, han conjurado una época nefasta para el campo argentino.

Como resultado se ha producido una enorme recesión en el sector, las economías regionales sin rentabilidad han dejado a mucha gente sin trabajo, las industrias pequeñas y medianas ligadas a la producción primaria se encuentran en serios problemas -muchas completamente paradas-. La caída de la producción de granos a impactado negativamente sobre la actividad del transporte y toda su cadena de abastecimiento. Frigoríficos cerrados en todas las provincias ganaderas con graves consecuencias sobre el empleo directo e indirecto. ¡Y siguen los éxitos del modelo!

Pero algo hicimos. Gran parte de la responsabilidad es por lo que no hicimos, por lo que callamos, por lo que aceptamos porque “todavía se gana” o por miedo a la AFIP. Lentamente nos fueron calentando el agua como en la fábula de los sapos en la olla, hoy el agua hierve y nadie puede salir sin quemarse.

La falta de participación, la falta de compromiso y la dificultad para entender que se deben dejar de lado los intereses particulares cuando hay que defender los comunes, son algunas de las tareas pendientes que responden a la frase con la que comenzamos esta reflexión. Hay más, pero a esta altura ya no vale la pena hacer una lista completa, el lector sabe bien a donde nos aprieta el zapato…

La editorial de diciembre intenta cada año llevar un mensaje de optimismo, una reflexión que nos permita encarar el nuevo año con el convencimiento de que un país mejor es posible. La mejor que se nos ocurre es pensar que 2014 es un año para el olvido que no deberíamos olvidar.

¡Felices fiestas!

El trigo K

No se trata de una nueva variedad, no es un nuevo semillero, es el cultivo de trigo que nos dejó la “década ganada”. Un cultivo muy particular que se planifica sin rentabilidad potencial y solo se sigue sembrando porque en muchas regiones no hay alternativas. En otras porque los productores no saben con que cultivo rotar, ya que el maíz dejó de ser una opción para cualquier campo que se encuentre a más de 200 km. de Rosario. Así sobrevive el trigo, nuestro cultivo más tradicional.

Ya lo dijimos antes, el mundo entero vendrá un día a reclamarnos a los argentinos por no producir todos los alimentos que podemos, por reducir el área triguera a la mitad y la de maíz un 40%. ¡Nadie lo puede entender!

Retenciones y trabas para exportar han producido una de las más vergonzosas caídas de la producción de alimentos que se haya registrado en nuestro país en los últimos 50 años, mientras tanto los precios de los alimentos en el mercado interno continuaron creciendo.

La caprichosa actitud de no cambiar las políticas agropecuarias que tiene la administración de CFK vuelve a postergar las ilusiones de los productores trigueros, y para colmo de males las condiciones climáticas jugaron una mala pasada, y los primeros lotes cosechados ya muestran una calidad inferior a la esperada.

La apertura de los Roe 2014/15 por 1,5 millones de toneladas no tuvo impacto positivo sobre los precios futuros y la posición enero en el MATBA bajó 21 dólares durante la primera semana de noviembre. Este escaso volumen de apertura que autorizó el gobierno, considerando una producción potencial de 12 millones de toneladas, representa tan solo el 30% del saldo exportable luego de asegurar el consumo interno -sin considerar los stocks finales de 1 millón de toneladas- produjo ventas masivas de los exportadores, llevando el precio de la posición enero 2015 a 134 dólares por tonelada. Este precio se alejó de los 185 dólares por tonelada a los que se podría negociar el trigo, sin el impacto de las medidas intervencionistas que continúan afectando a los precios y perjudicando al productor.

En el mercado de trigo son nuevamente los productores los que se ven afectados y los compradores -industria y exportadores- los que se benefician. Otro de los aportes que hizo la década ganada a los productores argentinos.

Para completar el cuadro de situación quedó confirmado formalmente que el Banco Nación exigirá a los agricultores que soliciten créditos un certificado de las existencias de soja, quien tenga mercadería acopiada no podrá acceder a ellos. ¡En el país del revés todo es posible! Se supone que los productores deberían acceder a este tipo de créditos a muy baja tasa, garantizándolos con la mercadería, lo que les permitiría esperar que los mercados se recuperen y de esa manera obtener una mejor renta de sus cultivos, pagando tranquilos las tasas de interés que el banco les cobre. Esto que es simplemente sentido común aplicado, hoy se transforma por decreto del clan K en un acto especulativo grave…

El Estado le exige al productor que mal venda su producción, le prohíbe exportarla, se queda con el IVA y se lo devuelve dos años después -inflación mediante-, le exige que cumpla con infinidad de normas y resoluciones informativas -mayores costos-, le bloquea la financiación bancaria y el super ministro parlanchín lo trata de especulador y se ríe de sus desgracias por la tele. ¿Hasta cuándo vamos a esperar para reaccionar? Y nuestros representantes: ¿cuándo piensan reaccionar?

Nadie quiere paros ni rutas cortadas, nadie quiere molestar o agraviar a la población, nadie quiere otro conflicto como el de la Resolución 125, pero tampoco nadie quiere quebrar.

¿Cuál es la salida? ¿Cómo se reclama? ¿Cómo se negocia?

Esperar inmóviles a que el próximo gobierno nos resuelva todos los problemas juntos, no es la mejor respuesta. Hay que comenzar a trabajar ya, hay que hacer valer nuestros derechos, hay que hacerle saber al gobierno que sin productores no hay alimentos. Seguramente en el camino alguien se sentirá afectado, son las reglas del juego.

Seguramente el lector acostumbrado a nuestras editoriales estará pensando que a quien escribe estas lí-neas se le agotó la paciencia. Pues bien, su razonamiento es acertado, se quedó sin paciencia en consonancia con todos los que ya la perdieron también, gente cansada de apostar a la producción que ve como su tiempo y su capital se extinguen como consecuencia de las irresponsables acciones de quienes dirigen los destinos de la Patria. Es hora de decir basta, es hora de dejar de aceptar las injustas e ilegales reglas que se nos han impuesto, es hora de dejar de sembrar el trigo K.

Producir conservando (la calma)

Nada resulta más difícil en la vida que intentar reflexionar en medio de la tormenta. La figura metafórica del barco en medio de la tempestad resulta extraña a los productores cordobeses, mediterráneos y de tierra adentro, pero por repetida tantas veces ya resulta familiar.

Nadie imagina al capitán de un pequeño velero sentado, pensando tranquilo, como resolver el problema cuando el viento hace escorar su barco y sacude sus velas. Tampoco resulta fácil tomarse un tiempo para la reflexión cuando hay que mover las manos, porque la humedad de siembra no dura para siempre o la alfalfa ya está en 10% de floración y hay que cortar. El mismo día hay que ir a la agroquímica a buscar productos, al banco a pagar -siempre pagar- al estudio contable para analizar las finanzas y a la estación de servicio a buscar el gasoil.

Resulta más difícil aún volcar una bolsa de semilla de soja en la sembradora, sin recordar lo que dicen los diarios o se escucha en la radio: “sembrar soja no es negocio este año”, uno respira profundo y pone el inoculante…

Todo parece conspirar contra cualquier actividad productiva primaria en este momento. Ninguna planilla de costos cierra con un margen de rentabilidad que tranquilice. Los viejos paradigmas que nos enseñaban a diversificar cultivos para disminuir los riesgos hoy parecen historia antigua; casi nada es más rentable que sembrar soja, si la actividad principal es la agricultura.

Con el maíz barato nadie debería vender hacienda mal terminada, y todos deberían pensar en suplementar como mínimo en una parte del proceso de terminación. Pero el maíz barato no es todo. Falta hacienda; la poca oferta que hay es a valores que dejarán una parte importante de los kilos ganados para compensar las diferencias de precio entre la compra y la venta, a lo cual hay que sumar que la disponibilidad de capital para hacer esas inversiones -maíz y hacienda- es muy baja y la financiación muy cara.

Los simplificadores del negocio, esos que dicen: “con este precio del maíz hay que estar loco para no engordar”, no incluyen en el razonamiento los otros cien factores que tiene la ecuación de rentabilidad del negocio de producir carne.

Ninguna actividad productiva puede evolucionar tan rápido como los acontecimientos mandan. Algunos productores están preparados y pueden hacerlo, pero la gran mayoría no lo consigue. Frente a esta realidad es necesario volver a la lista de tareas pendientes y revisarlas una vez más.

Lo importante debe anteponerse a lo urgente, ninguna decisión debe excluir en su análisis las consecuencias que impactarán en el mediano plazo. No sirve “inventar” caminos nuevos en medio de la tormenta, mejor transitar los conocidos y hacerlo de la mejor manera posible. ¡Puro sentido común!

Mientras tanto la vida pasa, los gobiernos se quedan con la renta de los productores para usarla sin rendir cuentas y los dirigentes esperan mejores oportunidades para protestar. Nunca parece oportuno, ninguna acción que se tome consigue resultados positivos, entonces se regresa al comienzo de este círculo vicioso del cual solo tenemos esperanzas de salir después de las elecciones. Mientras tanto seguiremos sumando fracasos que se cuentan en menos toneladas producidas, menos gente trabajando y más deudas por pagar.

La realidad indica que gane quien gane en las próximas elecciones, nada cambiará instantáneamente y por arte de magia. Los candidatos mejor posicionados han manifestado tibiamente algunas políticas que “aplica-rían” para mejorar las condiciones actuales de los productores agropecuarios argentinos. Eso, frente a un grupo de dirigentes que parece tomarse de esas promesas como quien se aferra al mástil del velero a punto de naufragar.

Los productores deberíamos exigir a los políticos la redacción conjunta de una serie de políticas de estado  que sean la base de la planificación estratégica para el sector durante los próximos 10 años, como mínimo. Deberíamos exigir que lo firmen públicamente antes de las elecciones, de manera que cuando ya tengan los votos en la urna no puedan cambiar ni una coma. ¿Qué estamos esperando?

El período de tiempo que va entre la presente campaña y la asunción de un nuevo gobierno nos encontrará produciendo en las mismas condiciones actuales, no hay expectativas de cambio en el corto plazo. El nuevo gobierno pedirá seguramente tiempo para ejecutar los cambios, lo cual se traducirá en otra campaña consumida esperando mejores condiciones. ¡Eso no puede pasar! Hay que ponerse a trabajar ya para que, una vez extinguida la plaga K, lo que venga sean buenas épocas. Mientras tanto habrá que producir conservando (la calma).

Sentado arriba del silo

“Nadie compra, nadie paga”. Ésa es la respuesta que recibimos de los gerentes comerciales de las diez empresas proveedoras de insumos más grandes de Córdoba, cuando les preguntamos cómo comenzó la nueva campaña agrícola.

“No vendo ni aunque vengan con el Ejército”. Así contestaron los diez productores agrícolas más grandes de Córdoba, cuando les preguntamos qué van a hacer con la producción que todavía no se comercializó.

“Lo mínimo indispensable”. Respuesta que se repitió sistemáticamente frente a la consulta sobre cuántas hectáreas de maíz van a sembrar.

“Ninguna”. Veinte sobre veinte productores respondieron de esta manera cuando les preguntamos cuántas máquinas iban a reponer este año.

“Incertidumbre”. La palabra más utilizada a la hora de hablar de la actualidad.

Los productores agropecuarios criollos transitan un camino plagado de dudas y nadie sabe muy bien cómo actuar. Lo normal en estos casos es quedarse quieto como “gato a la siesta”, dijo un conocido agricultor del sur de nuestra provincia.

“El Gobierno te corre el arco a cada rato”, y alcanza con ver lo que les pasó a los productores de bioetanol. Cuando ya tenían las fábricas a pleno les cambiaron la fórmula de cálculo del precio, ¿y a qué no sabes quién salió ganando? YPF y las demás petroleras. Así es imposible pensar en nuevas inversiones. Los mismos funcionarios que en los congresos te hablan de agregar valor, cuando te das vuelta te cambian las condiciones iniciales y el negocio deja de ser rentable.

Los problemas se multiplican a diario, la gente se acostumbra y ya casi no se queja. Nadie habla más de los eternos atrasos que tiene la AFIP para devolver el IVA. Nadie protesta porque los combustibles siguen subiendo de precio todos los meses. Los diarios ya no reflejan la crisis ganadera y de los frigoríficos. Da la impresión de que absolutamente todo el mundo se sentó a esperar que el gobierno K se vaya, pero mientras tanto hay que vivir, hay que pagar los sueldos, los impuestos, los insumos…

Los párrafos anteriores son un breve compendio de lo que se escucha en cada encuentro de productores en la actualidad. La gente parece hipnotizada. Todos están abrumados, superados por una tormenta de noticias negativas que hacen cada día más difícil tomar decisiones.

Los precios internacionales de cereales y oleaginosas se derrumban y los agricultores seguimos pagando retenciones exageradas, injustas e ilegales. No hay un solo funcionario lúcido que se siente con una calculadora en la mano a descubrir el desastre que va a significar para el empleo y el ingreso en el interior del país, la brutal disminución del área de siembra de maíz que se proyecta para la próxima campaña. ¡Ni uno!

Nadie está buscando soluciones desde el Estado con políticas que corrijan las enormes distorsiones que se han producido entre los costos y los ingresos. Parece que quieren ver al sector quebrado sin darse cuenta de que el fracaso del campo es en realidad un grave fracaso para el país.

Mientras tanto el tiempo corre, los días pasan y llega el tiempo de sembrar una vez más. Llega el tiempo de tomar decisiones. Y la incertidumbre sobre lo que pasará hace más difícil la tarea.

Siguiendo con la metodología de consultar a los actores, frente a la pregunta de cómo planificará la próxima campaña, la respuesta que más veces se repitió fue: sentado arriba del silo.

Solo soja, el modelo K lo hizo

Por mucho que lo intentemos nos fue imposible encontrar un período con resultados  peores a lo largo de la historia contemporánea argentina. Prácticamente ya no quedan cultivos rentables, así de simple.

Después de una década escuchando hablar sobre los males que acarrea a la economía argentina un modelo “sojadependiente”, las políticas K convirtieron a los productores agropecuarios criollos en exactamente eso, agricultores sojadependientes.

La gran velocidad con la cual la siembra directa se instaló en nuestros campos, llegó de la mano de una significativa toma de conciencia por parte de los agricultores respecto de la importancia que las rotaciones tienen en este tipo de sistema productivo. Una gran oferta de todo tipo de capacitaciones completó la herramienta siembra directa y transformó a un gran porcentaje de productores en expertos en rotaciones. Maíz y trigo encabezaron la lista de las preferencias y el desarrollo tecnológico de esos cultivos acompañó el cambio. Nuevas variedades e híbridos, sistemas de fertilización y siembra inteligentes, cosecha con monitores de rendimiento, entre otras modernas herramientas, fueron adoptándose rápidamente, a la vez que los rendimientos por hectárea crecían y hacían más interesantes los resultados de esos cultivos. Pero nada dura para siempre.

Fueron justamente los mismos personajes que en plena crisis de la Resolución 125 nos decían desde los palcos que sólo sembrar soja era nefasto para el país, los que impulsaron las actuales políticas que literalmente sacan de escena al maíz y al trigo. Los mismos técnicos que gastan fortunas en proyectos destinados a la “agregación de valor” e intentan enseñarnos lo que ya sabemos hace años, los que han permitido que esos cultivos dejen de ser rentables y el área que se dedica a los mismos disminuya a niveles no vistos desde hace 100 años en la Argentina –como es el caso del trigo–.

Sus innegables barreras ideológicas les impiden encontrar soluciones simples y rápidas al problema de la falta de rentabilidad actual de los cereales. Es imposible que sus estrechas mentes acepten la posibilidad de eliminar las retenciones y liberar las exportaciones como respuesta a la brutal caída de los precios internacionales. ¡Imposible!

Ya lo demostraron con las políticas aplicadas a la carne y a la leche: 138 frigoríficos desaparecieron y algo más de 15.000 trabajadores quedaron en la calle –véase nota página 20–, sin que los responsables hagan nada.

Néstor Kirchner prohibió las exportaciones de carne cuando era presidente y no hay un solo funcionario en ejercicio en la actualidad que se atreva a desafiar al difunto. Prefieren inmolarse antes que hacerlo, aunque en el camino se lleven con ellos a una de las actividades por la cual somos reconocidos en el mundo entero. Ni vale la pena decir que 7.000 tambos menos en 10 años son el resultado también nefasto de tanta ceguera ideológica. Defender la “mesa de los argentinos” es otra de las farsas que creó el modelo nacional & popular para conformar a un electorado que hoy debe pagar los precios que la escasez genera, muy a pesar de lo que los “precios cuidados” intentan ocultar.

Quedan dos campañas agrícolas por delante en las cuales sembraremos bajo las normativas K, es decir dos campañas en donde para una gran parte del país sólo será rentable el cultivo de soja y con eso habrá que arreglarse.

Ya nadie pone a las amortizaciones en sus cuadros de resultados, es decir el sector se encuentra en franco proceso de descapitalización. No hace falta ser ministro de Economía para darse cuenta de cómo la están pasando los fabricantes de maquinaria agrícola, tratando de vender máquinas en un mercado que apenas sobrevive y no tiene posibilidad de modernizar sus equipos de trabajo. Para colmo de males, las políticas K tampoco se olvidaron del crédito y lo dejaron en un nivel de tasas sólo apto para quien cosecha oro o petróleo.

Con estas cartas en la mano los productores agropecuarios argentinos planificamos una nueva campaña, al cinto ya no le quedan agujeros y casi nada para recortar cuando de costos se habla. Para quienes arriendan tierra no quedará otra alternativa que revisar los contratos por enésima vez, habrá que aplicar mucha creatividad para permanecer en el oficio de sembrar, conservando el capital de trabajo a la espera de mejores tiempos.

Como apreciará el lector habitual de esta columna, ya no proponemos protestas ni cortes de ruta, da la impresión de que los representantes del sector han entrado en un adormecimiento letal para sus representados. El Gobierno nos esquilma con impuestos exagerados, injustos e ilegales, no respeta ni sus propias resoluciones negándose sistemáticamente a devolver el IVA retenido y nos “ningunea”, como reza el lenguaje popular, sin que nuestros representantes reaccionen más allá de un discursito estéril apenas subido de tono, dicho en ámbitos a donde nos hablamos a nosotros mismos. ¿Hasta cuándo esperaremos, cuántos más quedarán en el camino antes de que los dirigentes que nos supimos conseguir se decidan a hacer algo más que quejarse por televisión?

Para este año, lamentablemente, el pronóstico sigue siendo malo en la medida en que sólo la soja tiene margen bruto positivo, y el modelo K lo hizo.

En boca del mentiroso…

Nos lo recordaba siempre nuestro abuelo: “En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso”, y hoy no hace falta ser muy despierto para darse cuenta de quién vamos a hablar.

La historia debería comenzar hace no menos de 20 años, hasta esa época nos llevan nuestros archivos cuando de trazabilidad animal se trata. Inclusive los productores ganaderos usábamos caravanas para identificar individualmente a nuestros animales desde bastante tiempo antes.

Nadie que se encuentre ligado a la ganadería desconoce el tema, nadie minimiza su importancia y todos saben los beneficios que tiene la identificación individual del ganado bovino, no hace falta dedicarle más papel y tinta al tema.

Y entonces, ¿cuál es el problema de que nuestro país se decida a implementar un sistema nacional? El problema es que la idea y la puesta en práctica es una iniciativa de la AFIP, sí, el organismo recaudador del Estado controlado por Ricardo Echegaray, el de los feed lots truchos, el de los subsidios millonarios pagados en efectivo a un indigente marplatense sin explicación, el mismo que hizo de-saparecer la ONCCA de un plumazo para tapar vaya uno a saber qué cosa…

No es una iniciativa que venga a satisfacer una necesidad urgente del sector. Tampoco es un proyecto que haya surgido del consenso de todos los actores de la cadena de la carne, quienes conocen el tema en profundidad y podrían haber aportado ideas que surgen de largos años de experiencia en esa materia.

Convengamos que tampoco llega en un momento adecuado, sino justo en medio de una de las peores crisis de los últimos 50 años que afecta de manera grave a la ganadería nacional.

La resolución 3.649/14 –publicada el 14 de julio en el Boletín Oficial– implementa el Sistema Fiscal de Trazabilidad Animal (SIFTA), el cual controlará de manera informática los movimientos de la totalidad del rodeo bovino nacional y cuyo costo será cubierto por los productores. Un negocio de algo más de US$ 500 millones que se pone en marcha sin la participación ni la opinión de los dueños de las vacas, y de la plata con la que se pagarán los nuevos costos de producción.

Una lluvia de quejas y opiniones adversas caerá sobre el implacable recaudador de impuestos una vez más. Una vez más se sentará con cara de póquer a explicarnos que “a llorar al campito”, la resolución debe cumplirse o no se podrá comercializar la hacienda, se dará de baja el CUIT y lo mandarán a dormir sin comer. Así se maneja este gobierno que se dice democrático a ultranza sólo para lo que le conviene; cuando alguien decide opinar distinto le muestran las tiras y sonríen sarcásticamente como para que no se note. ¡Pero lo mismo se nota!

Y como para completar el panorama, mediante una resolución conjunta –publicada en el Boletín Oficial el 15 de julio– de la Comisión Nacional de Valores (CNV) y la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación (SAGyP), se obliga a registrar e informar la totalidad de las operaciones de granos. La norma alcanza la comercialización de cebada forrajera, girasol, maíz, soja, aceite de soja, sorgo y trigo, y afecta a todas las operaciones de compraventa incluidas las del disponible, contado, a término, forwards, a fijar precio o de otras modalidades, incluyendo las denominadas directas, como por ejemplo entre el productor y el exportador. La regulación establece dos cambios esenciales para el esquema de la conformación de precios del mercado granario: la obligatoriedad de declarar los precios y la de informar la calidad.

Esta norma, que viene claramente a beneficiar la transparencia de la formación de los precios de pizarra, es un claro ejemplo de que a este gobierno K ya nadie le cree nada.

Desde hace casi 40 años la conformación de precios se realiza mediante la información voluntaria de las operaciones –el 60% del total de las compraventas, aproximadamente–. Ese sistema funcionó un poco mejor o un poco peor, aunque siempre signado por los intereses comerciales de los eslabones más fuertes de la cadena. Durante los últimos quince años, la realidad se desacopló totalmente respecto de los precios pizarra, orientativos para el productor y la cadena de comercialización granaría. Basta con remitirse a comunicados de las entidades de hace unos pocos años atrás para recordar sus quejas por la poca transparencia que inspiraban dichos precios. Con la resolución publicada en el Boletín Oficial, la certeza para la conformación de precios será absoluta porque cada operación deberá registrarse de manera compulsiva y sin dilaciones en el tiempo, y sin embargo…

Para confirmar la hipótesis formulada al comienzo de este editorial nos remitiremos a la comunicación de la Confederación de Asociaciones Rurales (CRA): “Ante tantas mentiras que poblaron la llamada década ganada es imposible a esta altura de los acontecimientos pretender creer que la intromisión de la CNV sólo corresponde a una intención por mejorar la información de mercado”.

Es decir, en boca del mentiroso…

Sumando enemigos

En este espacio acostumbramos a reflexionar básicamente sobre las fortalezas y las debilidades de nuestros sistemas productivos agropecuarios. Nos extendemos en críticas a las autoridades que nos supimos conseguir, identificando los principales problemas que enfrenta el sector para crecer y desarrollarse.

Ahora le toca el turno a las malezas resistentes.

Ya vivimos a lo largo de los últimos 20 años situaciones similares adonde el mensaje que llegaba a los oídos de los productores parecía extraído del propio Apoca-lipsis. Oídos acostumbrados a escuchar mensajes que pronostican la debacle de los sistemas productivos primarios. Desertificación, agotamiento de las fuentes de agua potable, necesidad de agregar valor para no desa- parecer, fin del mal llamado modelo de agricultura industrial, crisis de precios internacionales y tantas otras catástrofes que jamás se convirtieron en realidad.

También fue necesario enfrentar la reacción con que la naturaleza respondió a los cambios que los hombres generamos en el ambiente, a consecuencia de las actividades productivas que realizamos con el fin de producir alimentos. Así llegaron la mosca de los cuernos, la roya de la soja, los insectos cada día más resistentes a insecticidas y las malezas resistentes, entre otras tantas plagas que afectan y afectarán en el futuro a nuestros sistemas.

Tampoco estas plagas han impedido al hombre en general y a los productores agropecuarios criollos en particular, continuar con el mejoramiento y expansión de sus sistemas. La altísima profesionalización de agricultores y ganaderos argentinos ha permitido sortear cada uno de los obstáculos a los que la naturaleza nos enfrenta, y eso es motivo para el orgullo de nuestra gente, mucho más reconocido en el extranjero que en nuestro propio país.

Los mensajes catastróficos venden más que las buenas noticias, eso lo sabemos todos. La gente vive asustada por eventos que jamás sucederán. Cada uno de nuestros lectores habrá tenido que explicar infinidad de veces que su campo no es un desierto ni lo será porque allí se siembre soja, que sus hijos no tienen antenas verdes por el uso de agroquímicos y que todavía hay cientos de miles de pájaros que nos despiertan cada mañana, a pesar de que en ese mismo lugar pasan a diario tractores, pulverizadoras y cosechadoras.

La gente que trabaja, la que hace las cosas, la que se ensucia las manos, sabe que frente a un nuevo problema habrá que encontrar una nueva solución. Estudio, investigación, instinto y mucha dedicación son las herramientas con que se resolverá el problema de las malezas resistentes. Miles de técnicos y agricultores trabajan en este momento para que eso pase.

Ni siquiera los malos políticos y las malas políticas podrán detener el inexorable desarrollo de los sectores productivos nacionales, y a ellos también la gente les encontrará una solución, aunque nos lleve más tiempo.

Todos esperamos ansiosos el fin de la era K, el fin de la década de la mentira. Esperamos nuevos tiempos adonde el que trabaja, invierte y arriesga reciba los premios. Una nueva era en donde los impuestos no sean confiscatorios, en donde hablar de lucro no sea un pecado y recibir una retribución razonable en función del riesgo asumido sea normal y bien visto por el resto de la población.

Entusiasma pensar que a esa nueva era los productores la esperan con la mejor genética del mundo en nuestros animales y cultivos, con la mejor maquinaria disponible y una capacidad técnica superlativa, capaz de resolver todos los problemas sin despeinarse.

Las malezas resistentes requieren de todos los productores una atención especial, no es sólo un problema de los agricultores, no es un problema que se resuelva con una receta mágica. Habrá que trabajar mucho y bien para que sus efectos no sean lo suficientemente negativos como para convertirse en una catástrofe. Su presencia ya está modificando las expectativas para la próxima campaña, modificando incluso el precio de los arrendamientos y los planes de rotación. Han llegado para quedarse y hacer que los productores sigamos sumando enemigos.

¡No aprenden más!

Otra vez prohibir exportaciones como única respuesta al in-cremento de los precios posdevaluación. ¡Otra vez!

La administración K se encamina a cumplir el más nefasto de los récords al ser la que mayor cantidad de trabas y prohibiciones puso a las exportaciones argentinas, justamente la única actividad que genera ingresos genuinos para el país.

Después de 10 años prohibiendo –en cinco de los cuales las tasas de inflación se volvieron incontrolables–, el equipo del joven ministro de Economía, Axel Kicillof, pésimamente asesorado por el ministro de Agricultura, Carlos Casamiquela, una vez más cerró las exportaciones de leche en polvo. Una nueva demostración de impotencia e impericia frente a un problema con final anunciado: más subas de precios por escasez de oferta a largo plazo. Pasa con la carne y pasa con la leche también, los precios bajan en el corto plazo porque sobra mercadería en el mercado interno, los productores pierden rentabilidad y comienzan a bajar los costos reduciendo la inversión y aplicando menos tecnología, cae la productividad, baja la oferta y los precios vuelven a subir. Cuatro renglones que los funcionarios son incapaces de entender. Lo peor es que este ciclo ya lo repitieron varias veces durante la década ganada, y sin embargo no lo entienden.

Más de un productor quisiera hoy expulsar del país a los profesores que les otorgaron títulos universitarios a las actuales autoridades de Economía. Y pensar que lo trataron de loco al dirigente ruralista –hoy diputado nacional por Entre Ríos– Alfredo De Angeli cuando dijo que el kilo de lomo costaría $80 –ya vale más de $100–.

El problema es que después de 10 años aplicando estas políticas hay 6.000 tamberos menos en la Argentina y el ministro de Agricultura se pone a “estudiar” las cadenas de valor, justo ahora que todo el mundo se está fundiendo. Para cuando termine sus estudios habrá otros 6.000 tamberos más sembrando soja o arrendando sus campos, entonces lo escucharemos a Capitanich decir que el problema es que todos apuestan a la soja y que los sojeros son seres avaros que sólo venden la producción cuando les conviene (sic).

Claramente los productores agropecuarios nos encontramos en serios problemas en manos de semejantes ineptos. La devaluación por sí sola no resolverá todos los problemas del campo. La producción frutihortícola presentará peores resultados cuando su mercado sea exclusivamente el interno, y los que consigan exportar mejorarán apenas sus resultados. Los productores de carne disfrutarán de un breve veranito con mejores precios, los cuales serán rápidamente absorbidos por los mayores costos de producción. Finalmente, los tamberos seguirán cada día peor, mientras la industria y el Gobierno se tiran la pelota unos a otros a la hora de fijar un precio razonable para la leche puesta en la tranquera.

Los precios internacionales en alza benefician claramente al complejo sojero, el maíz –aunque con expectativas alcistas– no ofrece una rentabilidad que invite a incrementar el área y el trigo seguirá sufriendo por la intervención estatal y el exagerado nivel de retenciones que recibe. Todos los caminos conducen a la soja.

Quienes vivimos de la actividad agropecuaria tenemos la vista gastada de tanto leer sobre lo dañino y perjudicial que resulta para la estabilidad productiva y económica del país la creciente “sojización” del mismo. Miles de notas firmadas por ambientalistas asustados y funcionarios preocupados nos enseñan a rotar nuestros cultivos, a diversificar nuestra producción y a cuidar nuestros suelos, pero nadie dice cómo cuidar NUESTRO capital, que el Estado se encarga de dilapidar con un gasto público que crece sin fin, financiándose con NUESTRO trabajo, sin compartir jamás el riesgo.

Hace ya seis años que gracias a la lucha de los productores se consiguió frenar la aplicación de la Resolución 125, que con los precios actuales ubicaría las retenciones en niveles astronómicos –soja, el 43%–. Hace seis años que a través de la intervención oficial en los mercados, la rentabilidad de los cultivos agrícolas y de las explotaciones ganaderas cae a ritmo sostenido. Hace 10 años y meses que la gestión K se dedica a destrozar la producción de productos primarios con la excusa de cuidar la mesa de los argentinos. Hace diez años que los productores intentamos que nos escuchen sin éxito. No es posible, no hay forma, ¡no aprenden más!