Las buenas prácticas en los silobolsas

Ricardo Bartosik, técnico del INTA, describe los problemas más comunes que encuentra el productor y da consejos para garantizar el éxito. 

En los últimos años, la utilización de los silobolsas como medio de almacenamiento de granos trajo una solución a la producción agrícola. Desde su irrupción a mediados de la década del ’90, se convirtieron en una alternativa frente a la crisis que produjo la quiebra de acopios y una opción económica al alcance del productor.

Ricardo Bartosik, técnico del INTA Balcarce, brindó una exhaustiva charla en el Consejo de los Profesionales del Agro, Agroalimentos y Agroindustria (Cpia), donde dio fundamentos del almacenamiento en silobolsa, además de las buenas prácticas que garanticen el éxito.

“Las principales características del silobolsa que favorecen la conservación de los granos son la capacidad de intercambiar calor con el ambiente, lo cual evita el autocalentamiento de la bolsa y la hermeticidad. Cuando se logra mantener una hermeticidad suficiente se modifica la atmósfera intergranaria hasta tal punto que se minimiza la actividad biológica (actividad de hongos, insectos y la propia semilla), mejorando la conservación”, concluye Bartosik, en base a ensayos realizados sobre el almacenamiento en silobolsa de trigo, maíz, soja, girasol, colza, cebada, arroz, maíz pisingallo y porotos, entre otros.

El silobolsa es un sistema de almacenamiento que tiene como particularidad el hermetismo. Posee una medida estándar de 60 metros de largo y 2,47 metros de diámetro, su capa plástica es de 230 micrones, constituido en una triple capa y cuenta con la capacidad de contener unas 200 toneladas de maíz, trigo o soja. En los últimos 8 años, se estima que se han almacenado de 35 a 40 millones de toneladas de granos por año.

Vale desmenuzar los distintos actores que intervienen en el proceso. “Grano, insectos, hongos y otros microorganismos respiran, consumiendo componentes del grano y O2 del medio ambiente, y liberando al medio ambiente intersticial CO2, agua y calor”, detalla Bartosik.

La concentración de oxígeno y dióxido de carbono es el resultado de la respiración y de la tasa de intercambio de gas con el exterior. “En grano seco suele darse una concentración de O2 de entre 10 y 18%, mientras que la de CO2 es de 3 a 10%. En grano húmedo disminuye de 2 a 5% en O2 y el CO2 aumenta de 15 a 25%”, cuenta. “Para obtener beneficios se necesita menos de 4% de O2 para limitar la actividad macrobiológica, o más del 20% de CO2, esto último relacionado a limitar los insectos. Esto dependerá del nivel de hermeticidad (perforaciones, mal sellado), la humedad del grano (cuanto más húmedo, más rápido alcanza ese nivel), la temperatura del grano, y de acuerdo en donde estemos ubicados”, agrega.

A partir de estas consideraciones, Bartosik establece plazos donde pueda mantenerse a salvo la cosecha: “En el grano seco, con una humedad relativa de equilibrio debajo del 65%, no hay efectos negativos en la calidad durante 6 meses si la bolsa se mantiene en buenas condiciones. En el caso del grano húmedo, si hubo clima frío hay de uno a tres meses de almacenamiento seguro, porque limita la actividad microbiana. En los meses de mayo, junio y julio va a haber 12 grados de temperatura y no habrá problema porque está en una heladera”, afirma. Y agrega: “Cuando las temperaturas empiezan a levantar en primavera, ahí tengo que ir pensando en desarmar la bolsa. En clima cálido no tengo chances, apenas un mes de almacenamiento seguro o incluso menos”.

¿Cuál es el límite para que no se eche a perder? “Cuando la temperatura de grano supera los 18/20 grados es una situación que se complica mucho porque es el límite de desarrollo de insectos. Empiezan a estar activos y, además, los hongos entran en el rango óptimo de desarrollo”, explica.

Bartosik enumera algunas consideraciones a tener en cuenta antes y durante el embolsado. Sobre el terreno afirma que “tiene que ser alto, nivelado, con cerco perimetral y una ligera pendiente para evitar anegamientos y riesgo de roturas”. Además, recomienda mantenerlo lejos de las malezas y rastrojos, de las cortinas de árboles y ser preventivo con los roedores y animales peludos.

El sellado es determinante. “Uno de los problemas comunes, además de las bolsas anegadas o rotas por malezas o animales, suelen ser los cierres deficientes. Tiene que estar herméticamente cerrada y para eso es que tiene que estar bien sellada”, comenta el técnico del INTA. Un mal cierre de la bolsa o una rotura pueden causar la estratificación de humedad y en consecuencia el deterioro del contenido.

Advierte que tampoco debe abusarse de su uso: “Debe haber una correcta disposición de las bolsas. Hay que ponerlas siempre de a dos y evitar grandes grupos”.

 

Autor: Agustín Monguillot

Fuente: Infocampo

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