Atravesando los límites

La muerte de un fiscal de la Nación en circunstancias difíciles de aclarar aparece como un límite que hacía muchos años nuestra sociedad no atravesaba.

Encendidas discusiones, cartas presidenciales, políticos intentando justificar lo injustificable, cadena nacional en silla de ruedas y demás yerbas, han conseguido sacar del centro de la escena a los graves problemas económicos que atraviesan los argentinos dedicados a la producción. No hacemos aquí diferencias de tipo porque cualquier compatriota que intente vivir y progresar produciendo, hoy se encuentra en apuros.

La velocidad con la que suceden los acontecimientos en el país, no nos permite prácticamente nunca detenernos sobre un solo tema vinculado a la producción y analizarlo en profundidad. Exactamente lo mismo tiene lugar tranqueras adentro, todo ocurre tan velozmente que tomar decisiones trascendentes es una tarea muy difícil.

Mientras todos miran sorprendidos en la televisión las novedades del caso Nisman aparecen en la cabecera de los lotes las primeras plantas de yuyo colorado resistente. Mientras los medios nos relatan la discusión entre distintas organizaciones y el gobierno sobre el volumen real de trigo producido en el país, el gerente del banco nos recuerda que acaba de entrar un cheque y hay que cubrir la cuenta corriente. La realidad del productor agropecuario se entremezcla a diario con la tragicómica política nacional.

Precios en baja e impuestos en alza. Dificultades para colocar la producción y para cobrar. Cientos de horas hombre destinadas a revisar planillas de costos y planificaciones, revisar los precios una y mil veces, anticipar resultados. ¡Y nadie que entienda hacia donde vamos!

Parece que vivimos en medio de una comunidad de seres congelados, paralizados, inmóviles. Atravesamos, además de una de las peores crisis institucionales, una de las peores épocas que la producción agropecuaria conozca en los últimos 10 años, y sin embargo nadie dice nada, nadie hace ruido, todos aceptan mansamente que no existimos para las autoridades y mucho peor, no existimos para la opinión pública.

El razonamiento parece más agorero de lo habitual, pero es 100% realista. ¿Qué vamos a hacer?

Las personas vinculadas a la producción agropecuaria mantenemos la esperanza que las próximas elecciones marquen el fin de la década ganada -para unos pocos que ostentan el poder- y un nuevo signo político dirija los destinos de la patria hacia aguas más tranquilas. ¡Y mágicamente resuelva todos nuestros problemas!

Estamos en condiciones de afirmar que eso no va a pasar, que sea quien sea el que gane las elecciones no resolverá inmediatamente el problema de las retenciones, ni el de los permisos de exportación, ni devolverá el dinero retenido en concepto de IVA, ni asfaltará la red de caminos secundarios, ni simplificará los engorrosos sistemas de información impositiva, ¡ni nada!

No lo hará por dos motivos fundamentales: en primer lugar porque los equipos K van a dejar tierra arrasada en todos los sectores de la economía nacional y la recuperación será lenta, aun si se tomaran medidas excepcionalmente urgentes. En segundo lugar porque nosotros -sí, nosotros- no nos hemos ocupado de marcar el camino, de poner en manos de los potenciales candidatos una hoja de ruta debidamente consensuada entre todos los damnificados por las políticas actuales.

Nadie nos dará lo que no hayamos pedido, nadie nos escuchará entre tantos gritos que claman por cambios indispensables en áreas sensibles como la seguridad, la justicia, la política previsional, la salud, y tantos otros. El tiempo pasa vertiginosamente y la parálisis en la que estamos inmersos los productores agropecuarios nos colocará en los últimos lugares de la fila para reclamar.

Muchas organizaciones ya tienen sus propias hojas de ruta, muchos dirigentes muy bien intencionados tienen proyectos listos para presentar, pero ninguno ha conseguido acordar con los distintos sectores del campo para elaborar un documento único que nos permita comprometer a los candidatos antes de poner el voto en la urna. Cada uno de nosotros debería llevar en el bolsillo un “manifiesto del campo” a donde se exprese claramente las principales políticas que pretendemos se apliquen al sector en el nuevo período post kirchnerista.

Nos imaginamos un documento breve, un decálogo que todos sepamos recitar de memoria y nadie olvide. Sobre todo que no lo olviden los políticos, las nuevas autoridades, porque cada vez que se presenten públicamente habrá alguien que se lo recuerde. Nos imaginamos frases como “nunca más retenciones” que perduren en el tiempo y sean un símbolo del campo.

Tal vez nuestra imaginación sea muy fecunda, pero en épocas en donde los acontecimientos demuestran que ya no hay límites que la política respete, resulta indispensable que los nuevos tiempos nos encuentren a los productores agropecuarios argentinos atravesando límites.

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